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A mi manera

A MI MANERA POR MARICHU DEL AMO.

Cuando me quedaba dormida en el coche de pequeña, sólo me despertaba si mi madre me decía:

“Marichu, vamos a un bar”.

Entonces, lo hacía y de buen humor, cosa rara en mí.

Me animaba sentarme en una silla o, incluso, que me dieran una ‘manguita’ (gambita) para chuperretearla desde el carrito. Recuerdo que mi madre, cada vez que me cogía en brazos, olía a una mezcla de Armani Classic (desde hace años descatalogada), cerveza helada y patatas fritas.

Olía a celebración, a los mayores hablando de cosas de mayores, mientras los niños jugábamos a cosas de niños. A mi abuela haciendo su gazpacho con tropezones, sus croquetas gigantes con trozos desmesurados de jamón o al aperitivo con mis abuelos en la parcela con mejillones en escabeche encima de una patata. A gente compartiendo, riendo y haciendo ruido con sus voces. A familia.

Quiero aclarar algo: ni mi madre es alcohólica, ni yo tampoco, que luego me regaña. El caso, los bares y los noventa.

2023. Vengo del hospital después de quitarme unos puntos, el sitio que más he visitado en los últimos dos meses. No porque esté enferma, sino porque llevo un año donde no me he hecho una sola revisión, mucho trabajo. En algún momento pensé que tenía más prioridad eso que revisarme los temas, menos mal que no tengo nada malo.

El caso es que, después de hacerme cualquier cosa en el médico, me homenajeo con un desayuno en un bar. Eso es algo con lo que me premiaba mi madre y ahora, vaya con ella o sola al médico, he decidido mantener y me sigue haciendo la misma ilusión.

Tengo un hambre que me muero y entro en el bar más cutre y más cercano. Barra de latón, un olor entre queso viejo y grasa revenida de algún jamón malo al aire, su San Pancracio y cincuenta figuritas del roscón mirándome fijamente impávidas, todas en una estantería, expuestas con orgullo. Dos hombres jugando a las tragaperras, sillas y paredes forradas de la misma madera oscura.

Me siento y el camarero me pregunta qué quiero desayunar: un café corto con leche y una barrita con tomate y jamón.

-“¿Así está bien de café? ¿Quieres la leche templada o caliente? ¿Quieres más jamón o está bien así?”, pregunta.

-“Está todo perfecto. Templada, por favor, muchas gracias”, respondo.

Me da buen rollo y quiero comprar lotería en ese bar, pero no tengo efectivo. Me dicen que me la guardan y que puedo ir a por ella hasta el día 20. No sabía si era por hambre que tenía, la amabilidad de que me trataran con cariño y bien, sin prisa, el jamón decente de color jamón, los 4,60€ que me costó el desayuno o qué estaba pasando, pero me estaba sintiendo con esa felicidad que me transmitía ese: “Marichu, vamos a un bar”.

Y pensaba en la cantidad de cafeterías beige con tostadas a 12 euros con huevo poché y aguacate, las franquicias, los sitios instagrameables, lo cuqui, lo clónico. La gente pidiendo cosas y haciéndoles fotos a las cosas que piden sin comer hasta que no salga bien la maldita foto. Las ‘clouds of milk’ de animales haciendo gestos o corazones expansivos, los tés de colores con bolitas al fondo.

“Te tienes que adaptar, esto es 2023”, me digo.

Y me voy con mi cicatriz en forma de estrella a mi casa, con un abrigo de mi abuela y me salta un vídeo muy crudo que empieza con algo así como: “dentro de 100 años estaremos enterrados con toda la gente que queremos”.

Y cambio de opinión, como buena géminis (sin creer en nada de eso yo, sólo cuando me conviene):

“No me pienso adaptar, voy a ser una analógica a mi manera, es mi vida y punto, total, si en 100 años no me va a recordar ni Dios, carpe diem”.

Sigo leyendo comentarios de ese post, porque cuando un vídeo me deprime un poco y me deja en shock, busco esperanza en visiones de gente que no conozco que me rebajen la angustia.

Una decía, la que más me interesaba, la actriz Elisa Mouliá, lo siguiente:

Tu ADN se expandirá y correrá por la sangre de tus hijos y nietos. Tus obras y acciones dejarán huella y modificarán a otras personas y, aunque nos muramos, permaneceremos transformados a través de otros”.

Me gusta, me lo quedo y lo aplico a la vida que conozco. Pienso que, aunque el mundo esté tan cambiado que ni lo reconozca y vaya hacia una idea que me horroriza, todos podemos formar nuestro propio microuniverso, tenemos esa capacidad y ese derecho. Puedo volver a sentirme en los 90’ en bares de barras de latón, sigue existiendo la amabilidad en algunas personas, me sigue mirando a los ojos la gente que me importa. Cada día, alguien me abraza y me dice que me quiere. Mi madre ya no huele a Armani, pero sigue oliendo a mi madre, el mejor olor del mundo.

Y, si me muero mañana y no dentro de 100 años, he vivido a mi manera.

Alguien dijo algo parecido y mucho mejor antes que yo, un señor muchísimo más inteligente y que escribió una de las grandes obras maestras de la filosofía:

“Nuestra mayor libertad humana es que, a pesar de nuestra situación física en la vida, siempre estamos libres de escoger nuestros pensamientos”, una de las grandes frases de El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, un libro imprescindible.

Y es que, por muy lejos que parezca que estemos, por muchas cafeterías beiges que existan y mucho like virtual, tenemos la capacidad de crear esa vida sencilla con tostadas ricas a 4 euros en un bar cutre que te hace sentir que me mueres de gusto.

Por cierto, fui específicamente a comprar ese décimo de Lotería una mañana cualquiera, dos semanas más tarde.

Y se acordaban de mí.

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