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Reseña literaria: viento del norte.

«Siendo pelirroja, no tenía pecas en el rostro ni era blanca de cutis, sino del color moreno de la tierra cuando la abren para arrojar la semilla en el surco».

Marcela, la rapaza, la Celiña, es un personaje al que siempre imagino despeinado, con sus cabellos rojos al aire y los pies descalzos hundidos en la misma tierra que se salpicó de sus vísceras el día que fue arrojada y depositada en el mundo. «[Marcela] olía a frío, a lluvia en invierno, y en verano a manzanas, y a sol».

La novela, ambientada en la Galicia rural y redactada con un léxico rico y pulido, retrata la vida de una aldeana desde el día de su nacimiento, abriéndose camino a través de las concavidades de la Matuxa, hasta la entrada en su adultez. A raíz de sus vivencias, la autora va tejiendo de una forma magistral cada uno de los personajes y el hilo que los conecta, igual que los desabridos surcos de la corteza de los árboles.

En ese entresijo, nos encontramos con un juego de miradas torvas y ausentes. En especial las del amor febril y contradictorio de Marcela y Álvaro, el amo del pazo, un hombre treinta años mayor que ella que se ve carcomido por la pasión de la juventud y las aguas frescas de la lozanía. «Solo poseía aquella sana hermosura de cachorra».

Leer nuevamente a Quiroga (recordemos que Bamba decidió comenzar su camino editorial apostando por Tristura) es volver a sentir el desgarro en la garganta, la hiel deslizándose por los muslos. Cuando alguien, especialmente una mujer, tiene una obra así entre sus manos, lo único que le queda es prolongarse y perderse entre las letras. «Su corazón era como una campana de carne».

He sentido la soledad de Marcela y la de Álvaro, pero también la de Ermitas, la de Lucía y la de, en definitiva, cada uno de los personajes de La Sagreira. Porque en aquel lugar parece que todo el mundo tiene algo que decir, pero nadie se sabe comunicar. Viento del norte es una novela que, paradójicamente, se esconde del mundo entregándose a él, donde el silencio es un cruel protagonista. Y también los gritos ahogados, y los ojos fríos, y las manos crujientes. «Tenía la voz de Marcela un sonido cálido, grave; así sonaba el viento entre las hojas de los árboles».

Rompiendo el mutismo de toda la obra, ladraron los perros en la primera línea y, en la última, Marcela gritó.

Sobre Viento del norte

Fue galardonado con el Premio Nadal en 1950. Carmen Laforet dijo de ella: «Quiroga llena sus páginas de vida humana profunda y rica en la ameigada tierra».

Sobre Elena Quiroga

Nació en Santander en 1921, pero pasó la primera parte de su niñez en Valdeorras (Galicia). Junto a Carmen Laforet o Ana María Matute, es una de las escritoras más importantes y originales de la literatura española de posguerra. Su obra se destaca por el retrato intimista y bucólico que hace de los personajes, así como también por su particular estilo narrativo a la hora de abordarlos. En 1984, ingresó en la Real Academia Española, siendo la primera novelista en hacerlo.

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Foto de portada: @prepyus.

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